El
concierto
Radu Mihaileanu nos ofrece una película amable y simpática, divertida y
entrañable, con voluntad de agradar desde la sencillez y la falta de
pretensiones. Como ya hiciera en “Vete y vive” (2005), parte de una
situación de suplantación de identidad para hacer viajar a toda una orquesta
desde Moscú hasta París, y tocar allí elConcierto para Violín de
Tchaikovsky, un viejo sueño truncado hace treinta años por la intolerancia de Brézhnev.
Pronto sabemos que quien trata de reunificar a la antigua orquesta es Andrei
Filipov, célebre director de la orquesta del Bolshoi caído en desgracia por
defender a sus músicos judíos, y que ahora trabaja como limpiador. Pero él y
sus compañeros de viaje esconden secretos propósitos personales, con los que
buscan revivir épocas pasadas de mayor esplendor en la música, en el partido o
en los negocios, todas ellas realidades que llevan en la sangre.
Comienza el director rumano apostando por la
comedia más loca y disparatada, y le imprime un ritmo trepidante a la acción
buscando la carcajada con situaciones absurdas y comentarios más tópicos que
ingeniosos, pero que funcionan bien y consiguen el efecto deseado.
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